Una vieja fotografía
La fortuna no siempre me es favorable. Hoy, ya al fin, he debido darme a la razón: Debo reducir gastos, vender tantos bienes y encontrarme en el fondo de muchos cajones y espacios con tantas privaciones por asumir. Es duro y produce desazones, sin embargo, esas pérdidas materiales en otra vuelta de la fortuna se recuperan, o al menos existe la ilusión, una esperanza cierta de que es posible hacerlo, rehacer la vida y recuperar la merma. Llevo algunos días en ese ejercicio, mirando cómo y qué deberé reducir, qué vender, a dónde ir y qué conservar. Sorpresivamente alguien se enamora de mi escritorio: Su madera robusta y fina, los seis cajones y los rincones secretos y un raro toque elegante. La oferta que me hace es irresistible, más aun cuando el valor que me propone permitirá cubrir deudas casi insalvables. Es extraño sentir el corazón acongojado por un artículo material, pero debo reconocer que esos cuarenta kilos de palo sin clavos, sin enchapes, de fina madera maciza ensamblada con precisión no me entristece por su valor intrínseco sino por el tiempo en que me ha acompañado. Y no es, tampoco, el tiempo por si mismo, por su transcurso, sino por la historia enredada en ese tiempo, aquella historia a la que llegamos a llamar vida: Cuánto escribí sobre esa madera, cuántas veces acodado en aquel palo me perdí en las imágenes de la ventana de la seiscientos dos. Cuánta ficción nació al amparo de aquellas acacias al final del horizonte que le perteneció. Con cierta melancólica nostalgia acaricié por última vez la cubierta, recogiendo hatos de papeles, tantos lápices de diversos verdes o azules, lapiceras fuente de marca u ordinarias, libros amados de hojas amarillas, de aroma polvoso y otros que ya había olvidado. Marcadores de cartulina impresa, de cinta, de cuero, de cobre dibujado, grabado o extruido, monedas sin valor, sujetadores, apuntes perdidos, trozos de papel con frases y recursos olvidados, versitos y más. ¡Qué raro se veía ese compañero antiguo!, ¡Limpio!, ¡Despejado!: ¡Despojado!. Quizás renovado pero triste. Recorro, lentamente, sus cajones y escondrijos, con y sin cerraduras: Comprobantes inútiles, formularios y certificados, documentos que me identifican en la realidad y la ficción, cartas a nombre de diversos seudónimos o de mi propio y prosaico nombre. También valores gastados, tornillos minúsculos de artefactos perdidos, tarjetas de visita de amigos entrañables e idos y mucho, mucho más. Un certificado que atestigua que soy hombre casado. Una libreta que resume mi vida marital y mi calidad de patriarca a pequeña escala. Diversos cartoncitos verdes y numerados, con nombres de fantasía, que dan cuenta que fui entre muchos fracasos, un emprendedor y empresario pertinaz. Algún resorte con orejas, una chaveta, un pequeño sobrecito plástico sellado que contiene golillas de latón, cuyo origen ya desconozco. De repente, cuando ya tengo las manos casi negras de todos los años empolvados en todos sus vericuetos, en un rincón quizás protegido, tal vez privilegiado, bajo algunas tarjetas entrañables de felicitaciones navideñas antiguas, aparece casi tímido, casi intentando disimular su presencia, un paquetito pequeño y plano envuelto en una hoja amarilla de cuaderno, sobre la cual reconozco, en tinta azul radiante mi propia letra pasada y mucho más joven, que delata: "Currículum Noviembre/1986". Intrigado, lo voy abriendo. No tiene más de cinco por cuatro centímetros y a pesar de su delgadez se siente muy rígido aunque algo cóncavo. El papel amarillento, cargado de tiempo, da varias vueltas en torno a la lámina dura, con todo, por fin, pierde la batalla, no sin antes, inexplicablemente, llenarme los ojos de húmeda emoción, al descubrir una vieja fotografía de un hombre en su plenitud joven, contrastando con el añoso recuerdo. Me veo ahí, lozano, recto, desafiante y comparo la imagen con la que evoco de mi mismo, ya muy redondeado, caído, de ojos siempre tristes y rictus cansado, de pelo casi blanco, puede que lleno de muchas derrotas y pocos triunfos; entonces me doy clara cuenta que la nostalgia, la melancolía que me invade ante la pérdida inminente de esta embarcación compañera, en la que navegué por años no nace de la pérdida de esa madera olorosa, o de aquellos papeles que, ya del color del tiempo, naufragan para siempre en la basura, sino de la escondida percepción, entre los pliegues de los sucesos, de la pérdida, irrecuperable, de mi mismo. Kepa Uriberri |