¡Envejecí!




¡Envejecí! Me veo surcado y leñoso y cualquier horizonte ya no es más que una línea imaginaria, que jamás alcanzaré. He plantado tan profundas las raíces en esta tierra, que acercarme sería sólo un sueño. Elevé mis ramas, ahora desnudas, intentando tocar el cielo que supe inalcanzable. Ya los vientos no me agitan ni mecen mi cuerpo, que ahora no es esbelto. Sólo a veces me desgajan o me quiebran, dejando cicatrices secas.

En ocasiones recuerdo cuando, al llegar la primavera, estaba todo lleno de flores azules, que caían a mis pies, como llanto en la suguiente lluvia. Soñaba, entonces, con sostenerlas, al menos, hasta que alguien recibiera su fragancia. Pero tal vez estuve siempre alejado del sendero. En verano las brisas agitaban las hojas como miles de manos de niño, jugando con la luz que escapaba entre sus dedos. ¡Ya no!. No se posan los pájaros en las tardes a silbar su tres notas dulces. Sólo a veces, por las noches, un autillo ulula lastimoso a la luna llena.

Hubo, antes, otros conmigo. Hoy se han ido. Fueron arrancados, o murieron. En torno sólo hay tierra pedregosa y reseca. Cada día es igual al otro, otro giro en torno a la nada, que sin embargo avanza con agobiante lentitud: ¿Para qué?. Recibir el amanecer sólo subraya la monotonía. Ver otra vez estallar las luces de la madrugada ya no tiene encantos ni misterios. Silbar la brisa suave del ocaso cuando no duele: ¡Aburre!. Entre ambos, está todo dicho: ¡Otra vez!. Las horas oscuras se llenan tan solo de la luna o sus fracciones y a veces su ausencia, que pasa indiferente o se oculta entre velos grises: ¡Nada más!. Sólo soy su testigo. Ahora sé que nunca fue otro mi destino, aunque fui soberbio y creí que me rendían homenajes. Hoy ya descubrí que son un sarcástico castigo que se repite sin cesar, sin sentido. Ni siquiera se ríe de mi, apenas si me ignora y pasa despreciando esta pobre pleitesía que me veo obligado a rendirle siempre.

Antes hubo hierba verde, había otros que moviendo sus ramazones poderosas hacían el viento y traían la lluvia, altos ceibos de flores rojas que llenaban el cielo y el suelo. Hubo un tiempo en que florecían los aromos, otro cuando las acacias llenaban el suelo verde de florecitas blancas. Hoy son recuerdos. En aquel tiempo soñaba ser frondoso y agitar las tormentas, hoy sólo espero, quizás añoro, el hacha que me tale. Tal vez al caer, mi altura abatida alcance al fin la línea imaginaria del horizonte.

Kepa Uriberri