Desconocidos
No era primera vez que lo encontraba en el metro. Estaba seguro de haberlo visto varias veces antes, ahí al fondo del último vagón en el tren de las diez y media de la noche. De estatura mediana, cejas espesas y barba muy negra, aunque siempre afeitada al ras, pero su abundancia la marcaba de modo ominoso, tal que jugando con el sombrero de ala ancha y muy metido, casi hasta las cejas, y con el largo abrigo de tweed casi negro y muy gastado, le daban un aspecto de malhechor que le oprimía el ánimo con cierto temor. Se recostaba contra la puerta del fondo del carro, con las manos en la espalda y la mirada dura y atenta como si se apoderara de todas las imágenes del lugar. Sin duda así lo hacía. Quizás de alguna manera era un bandido, un ladrón, que se iba apropiando con esa mirada negra y profunda, bajo las cejas tan pobladas, de la imagen, la presencia y el comportamiento de los pasajeros, escasos, que a esa hora iban y venían en el tren subterráneo. A muchos ya los conocía. Ya los había despojado de su esencia y los había descrito en trazos y pinceladas precisos; les había dado un nombre diferente, de acuerdo a su estilo y a lo que de ellos percibía. Esas imágenes las coleccionaba en apuntes sueltos, en cuadernos y finalmente en borradores o libros. Después de robarlos, los desechaba. Sólo en raras ocasiones los recordaba. Sólo cuando su esencia era tan nítida que requerían apenas una transcripción. Entonces, como ahora, al verlos se decía: "Ahí va Lutero Leiva, siempre de gris, siempre tarde, cuando todo ya ha sucedido". Apenas por respeto al despojado, sonreía sólo interiormente. Su aspecto de ladrón errante, o de comerciante húngaro, permanecía, sin embargo, exteriormente impasible. Otras veces se encontraban en el tren de las cuatro, cuando uno subía en la estación de la universidad, mientras el otro bajaba. También en el vagón de la puerta de Alcántara a las ocho cuarenta y cinco de la mañana, detrás de algún matutino, éste descubría el familiar sombrero, bajo el cual, con la expresión fría de bandido persa, el otro leía impasible las noticias y sus comentarios, llenos de sesgos particulares. Cuando aquél levantaba la vista del diario, con las mismas noticias ya vistas en el noticiario de anoche, en el de la hora del desayuno y en cualquier titular, se encontraba con la mirada temerosa, huidiza de Lutero Leiva, siempre compuesto y obsecuente, siempre ignorante de la realidad que lo rodeaba y de aquella intimidad que le escamoteaban. Pero la realidad es extraña. ¿Será por eso que siempre es inspiradora de los más raros argumentos, de la más absurda literatura, a la que siempre supera, sin importar cuánto sea copiada?. No lo sé. Aún no lo sé. Sin embargo, ese día no iba en el tren de las diez y media. Quizás se atrasó, o tal vez él mismo iba adelantado. Tampoco divisó su sombrero, encajado hasta las cejas, en el vagón de la puerta de la estación Alcántara ni se cruzaron en la bajada del tren de las cuatro en la universidad. Fue raro. Pero tampoco demasiado importante. Los apuntes sobre Lutero Leiva ya eran abundantes y se iban incorporando, lentamente, en la trama, a medida que iba siendo engañado, burlado, hasta despojarlo de toda su dignidad. Ya estaba plasmado en esa obra y el Lutero real, ese de los trenes de la mañana, o el del tren casi vacío de las diez y media lentamente se convertía en nadie, en nada: Casi, ni siquiera, en un recuerdo en la medida que no abordaba el tren de las diez y media en Los Héroes, o que no aparecía, intempestivo, detrás de las repetidas noticias del matutino gratuito, después de la estación Alcántara. Ambos se olvidaron mutuamente, sin intención alguna. Sólo por la persistente ausencia de uno y el otro. De todos modos, siempre hay una reminiscencia. Hay algo que se dispara cuando, otra vez, aparece el estímulo de uno para el otro. No importa cuanto tiempo, o cuanto olvido haya pasado. Más aún cuando la verdadera importancia que para cada cual tenga el otro, sea por lo general casi nula. Así fue como el tiempo trajo otros Lutero y este sólo fue tinta y papel escindida de un inspirador eventual. También el rebelde húngaro, quizás refugiado de la última revuelta posible, dejo de ser un bandido errante y se diluyó como un recuerdo que no tiene o pierde su peso vital. Cada noche el vagón casi vacío de las diez y media llevaba otros seres anónimos en esa cierta penumbra triste de cada día que termina. Sólo subía alguno, cada tanto, al carro, o bajaba de él para mantener el lento andar del tiempo a las diez y media de la noche, sin un rostro, esforzando una presencia. A las cuatro, en cambio, en el andén del norte en la universidad, el ir y venir parecía la ebullición serena del agua, en un fuego tranquilo. Ahí tampoco subía o bajaba con su largo abrigo de tweed gris casi negro cuando bajaba o subía esa imagen de Lutero Leiva, anónimo y transeúnte. Cuando este iba o venía tal vez el otro ya había pasado porque no había razón alguna para su coincidencia ya gastada. Tampoco en el carro de la puerta de Alcántara del tren de las ocho de la mañana. Es posible que se entretuviera en el andén leyendo las noticias del diario gratuito, o que el desayuno se hubiera atrasado. Se podría pensar, del mismo modo, que una serie de coincidencias sutiles no podían permanecer y por lo tanto, como espuma de jabón, había estallado aquella rara casualidad, dando paso a una configuración diferente de la suerte y el azar. Nunca más volvieron a encontrarse, hasta el olvido. Pudieron ser meses, también años: ¿Cómo saberlo? Si nunca se lleva la cuenta del tiempo entre dos casualidades sincrónicas. Lo que no era casual, sino consecuencia del tiempo o de circunstancias transcurridas era el cambio del sombrero encajado hasta las cejas, por un gorro de paño de esos que se sujeta la copa contra la visera con un broche y dan el aspecto de lenta velocidad y un tono casi de misterio policial. Es posible que el cambio se debiera, precisamente a eso. El abrigo de tweed era ahora una gabardina. Invariablemente, el sombrero estaba muy encajado, casi hasta topar con las cejas espesas subrayando su grosor. El cuello de la gabardina, subido, enmarcaba el rostro de barba muy dura, aunque ahora de un aspecto ceniciento, notorio por lo tupida, a pesar de tenerla, como siempre, cuidadosamente afeitada al ras. La expresión de la boca y los ojos siempre recordaban el hielo; un extraño hielo negro. Esos ojos duros de repente lo vieron y parecieron sonreír, sólo por un breve momento, muy breve. "Es Oyarzún" pensó. Como era de esperar, Oyarzún llevaba la mirada perdida, parecía sonreír, pero nada más soñaba con lo que no fue, con lo que nunca sería. Se acercó a él entre la gente y lo tomó del brazo. "¿Cómo estas?" le dijo con voz ronca, de campesino griego. Oyarzún lo miró desviando apenas los ojos de sus pensamientos, que los ataban a un punto lejano más allá de todos los concurrentes al Lanzamiento. "Sí" dijo, "¡bien!". "Fuimos compañeros de curso en el Saint Andrés" pensó, pero tuvo dudas. "¿O en el Liceo General Pinto?". "¿Tú?" preguntó y lo recorrió con rapidez con la vista. Esas cejas espesas le eran conocidas, lo mismo que la expresión casi aviesa detrás del hielo que endurecía las facciones. El "chambergo" era muy viejo y estaba raído "No se llama chambergo, tampoco" pensó. La gabardina estaba manchada con aceite en el pecho y alguna salsa de color anaranjado en uno de los faldones, todo lo cual le daba un aspecto descuidado. "Se ha venido a menos" pensó. "O tal vez no sea él" se dijo, "pero lo conozco bien". "¿Conoces a Areztizabal?" le preguntó, el húngaro, haciendo un gesto hacia la mesita que había servido de proscenio a los presentadores. "No. No. Mi mujer asiste a un taller..." Hizo un gesto vago hacia algún lugar donde se suponía que estaría su mujer. Trató de ver a la Miti en la dirección que Oyarzún había señalado pero no la vio: Había, quizás, demasiada gente. "Y... ¿sigues pintando?" preguntó, entonces, por buscar conversación. Notaba que Oyarzún estaba como lejano, apático. "No... no" contestó y se dijo que apenas si había intentado pintar en algún momento, pero no en la época del Saint Andrés. Menos aún en la del Liceo. "No es él", pensó, pero ya estaban conversando, de modo que no podía decirle: "¿Sabes? no te conozco", o "no me acuerdo de ti", entonces se esforzó por recordar. Para eso le dijo: "¿Te acuerdas de Molina? el que usaba camisas muy azules y le decíamos Llanero Solitario?". El húngaro hizo un gesto que no alcanzaba a ser de sorpresa y que retuvo de inmediato. Oyarzún lo notó, y lo interpretó como si el recuerdo de Molina le molestara. "¡Claro!" se dijo a sí mismo, "Molina no era amigo de él. Siempre lo miraba en menos. Recuerdo que le decía El Mono". De inmediato se hizo una luz en sus recuerdos: "¡Por supuesto! Este es El Mono Contardo".
Ahora que se habían reconocido, iniciaron una larga conversación de recuerdos, por demás extraña: Haber encontrado al "Mono" Contardo en estas circunstancias era muy raro. Jamás se había interesado por la literatura. O mejor dicho, nunca había parecido interesarse por nada. Solía ser apartado y en los recreos se instalaba al sol, bajo alguno de los nogales, a comer su enorme membrillo. "¿Por que no trepai a comer fruta?" lo molestaba "El Llanero solitario" Molina, con su camisa muy azul, con una delgada línea blanca que le cruzaba el pecho. Molina era uno de los matones del curso, de modo que a quien él apartaba, quedaba fuera del grupo. Todos celebraban lo que Molina decía y algunos, en la euforia del desprecio por el "Mono", le tiraban piedras: "¡Trepa Mono! Og og" le gritaban. Si hubiera sido una reunión del curso, por supuesto lo habría evitado, pero aquí nadie lo conocía, de modo que bien podía conversar con el "Mono" y así no aburrirse en este evento al que su mujer lo había arrastrado.
La mujer de Oyarzún apareció en ese momento y lo tomó del brazo "¿Qué tal?" preguntó. "¿No te has aburrido mucho?" y miró de soslayo al "Mono" Contardo, que a su vez la escrutaba con los ojos negros casi apretados bajo las cejas muy espesas. "Este es Balliardeu" pensó ella. "En el taller analizamos su novela La muerte cruel de Lutero Leiva" recordó, pero no estaba bien segura, de modo que calló: "¿O tal vez no?" concluyó al fin. Oyarzún negó de plano: "No. Para nada. Él es un compañero de curso", presentó a Balliardeu, "y estábamos haciendo recuerdos". El rebelde húngaro, o ladrón griego, examinó a la mujer de Oyarzún y concluyó que no era la Miti. "La Miti era bajita, por eso le decíamos la Miti" pensó y sonrió al recordar que "si hubieras sido mas grande te habríamos dicho la Miti Mota*". Pero esta mujer era muy alta para ser la Miti. Areztizabal no cesaba de saludar a los invitados al lanzamiento, de sonreír a los alumnos de su taller que querían permanecer a su lado, para ver de darse a conocer, de palmotear a los parientes que no entendían nada de lo que él escribía pero se sentían obligados a comprar el libro y querían una dedicatoria del autor y, de abrazar y besar a muchas mujeres buenas mozas, que no sabía quienes eran, pero que le gustaba apretar contra su pecho: "¡Qué bueno! ¡Qué rico que viniste!" y las remecía suavemente, sin soltarlas. "¡Bien Arezti! ¡Cuánto me alegro! amigo" le dijo el húngaro, arrugando los ojos hasta que casi desaparecieron en una línea bajo el chambergo y las cejas, a la vez que le oprimía el brazo para llamar su atención. Arezti se alegró de verlo y le estrechó la mano con efusión: "¡Putas! compañero, ya me tienen gastado estos huevones con tanta felicitación, pero luego me libro y nos vamos, un grupo que vale la pena, al Bar Alberto. ¡Ahí nos juntamos!". El rebelde griego desplegó una sonrisa que más parecía aviesa que alegre. Dijo: "¡Por supuesto! ¡Por supuesto! Estoy con Oyarzún y la Miti nueva. Te los llevo al Alberto". "¿Qué Miti nueva?" preguntó Arezti, extrañado. "No sé. Anda con otra mina, el diablito". Arezti le palmoteó el hombro mientras tomaba otro ejemplar para autografiar: "Allá nos vemos en un rato" dijo y se puso a conversar con el que le pedía el autógrafo.
El "Mono" Contardo saludó a mucha gente entre los distintos grupos que conversaban, como si conociera a todo el mundo. Oyarzún lo miraba extrañado y se decía: "Hay que ver cómo ha cambiado el Mono Contardo. Tan retraído que era y ahora parece ser amigo de todos". Después de saludar y departir con casi toda la gente que llenaba el salón, el revolucionario húngaro se acercó otra vez a Oyarzún que conversaba en un rincón con la Miti.
De pronto Alberto, el pianista, comenzó a tocar una variación sobre "El hombre del piano" que iba trenzando con "Pueblo mío que estás en la colina". En ese momento Oyarzún ya se había tomado tres vasos de ron con bebida cola y el "Mono" otros tantos o más, sólo que prefería el vodka. A Balliardeu lo venció la borrachera, de manera que inclinó la cabeza sobre el pecho y después poco a poco todo el cuerpo sobre la mesa. Cayó profundamente dormido. Hacia las tres de la mañana los mozos ya habían recogido todo y sólo quedaba él, echado sobre la tabla. El Luchito lo despertó: "¡Don Balla! ya vamos a cerrar!". Se incorporó, miró a Luchito, levantó un índice peludo, de uña cuadrada y larga, y como quien por fin llega a la conclusión buscada, le dijo: "¡Lutero Leiva! ¡éso es!". Kepa Uriberri
[*] Miti mota: Expresión que se usa para indicar que el reparto de algo se hace por mitades. |