Atrás sólo sal




Ya es hora de decir todo aquello que hace tanto tiempo vengo callando. Anoche mientras quería dormir, miré hacia atrás y fui estatua de sal. Se dijo que había quebrado el cristal finísimo de tantas libertades, se dijo que había puesto en evidencia el error que tantos cometieron al fiarse de mi. Pero esta noche que la enfermedad me abruma, la de otros, no la mía; digo que no tiene importancia: ¡Jamás habré de retirarme de mi mismo!.

Inmóvil, en esta sal; nublada la vista, silencioso el oído, pétrea la lengua, sólo soy este vela y razona sin claridad ninguna: Preferiría no hacerlo. Renuncio aquí y ahora a toda culpa, a cualquier remordimiento y escupo la bruma que ha oxidado los bordes y cañerías de mi alma pobre. Si todo fue roto: ¿A quién rendir la cuenta?. Lo grito silencioso, lo exijo por escrito en mi ánimo adolorido de metal, amarillo de tiempo inútil.

¿Dónde están los que me interrogaban?. ¿Renunciaron?. ¿Ya no les importa?. Nunca fue más grande que su orgullo pequeño, ni más pesado que el papel que jugaron. Hoy sólo algunos nos movemos en esta tiniebla que siempre duele y que por eso amamos. A veces, con los ojos de sal los vemos pasar. A veces vestidos de colores, a veces cantando en La menor, sin rima ni concierto, al ritmo de sus mismos caprichos, los vemos. La calina de esta llanura yerma que siempre queda atrás los deforma, los esconde, los alegra, mientras me abruma toda enfermedad que no es mía, que me grita sus llantos y me muestra sus desvíos sin horizonte.

De lejos les grito: "¡Adiós!" y no responden. Les grito: "¡Verdad!" y no me escuchan. Grito: "¡Culpa!" y ya no es tiempo. Me llevo las rodillas al pecho, las abrazo y el eco repite: "¡Condena! ¡Condena!".

Kepa Uriberri