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El asunto de hoy

Invocaciones y profesías
Toda la escena, excepto ella misma, giraba en torno a su figura, incluso Rothbart el albañil que reía envolviéndolo todo. "¿Por qué todo gira en torno a mi?" se preguntó, sorprendida "¿Y por qué la fuerza que lo impulsa es el albañil, si no debe serlo en modo alguno?". Vio que este se había inclinado sobre su cuaderno y escribía con velocidad, con letra perfeta, armónica, igual, en líneas clarísimas, como si gozara de un momento de perfecta epifanía y casi como si su mano danzara al hacerlo, mientras su rostro parecía iluminado de una placidez completa. Sus propias imágenes interiores adquirieron colores como si en ellas de pronto se hubiera despejado un cielo tormentoso y quedaran expuestas a un sol alegre de primaveras y le pareció que el albañil escribía, tal vez, el clímax de su obra en esas páginas ya tan trabajadas que las esquinas de las hojas se habían encrespado reviniéndose sobre sí mismas.

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Además lee:

Leyendo...

La Peste y Ensayo sobre la ceguera

"¿Para qué lees tú?" me dijo, casi más como un emplazamiento que como una consulta. "Mira como tienes un montón de libros ahí encima, como si los leyeras todos, pero vas picoteando uno y otro y otro. Después vas a las estanterías y sacas otro más del mismo autor y suma y sigue". Miré la mesita y sin sorpresa, ya estaba acostumbrado, se había vuelto a llenar de libros abiertos boca abajo, o marcados con un clip o un palito, con una servilleta doblada, o con las bases del próximo premio Max Aub, con una regla, o un marcador de regalo de alguna librería. También estaba ahí encima mi pequeño pececito portátil, con una versión en PDF de Rayuela de Cortázar, que a la vez había leído, en ese momento en papel.

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El club de París

La estación San Francisco es de poca importancia, no obstante que tiene un intenso flujo de pasajeros que convergen o emergen de la estación. De seguro es esto lo que hace que una gran cantidad de comercio ambulante se instale en sus galerías aledañas al área de servicio de pasajeros. Para acceder al sector de la estación se debe sortear a vendedores de sandwiches, de dulces, de joyas de artesanía, músicos que piden colaboración, y un sinfín de comercios raros como ópticas a granel, libros usados y piratas, programas de computador, contratos de televisión por cable, minutos para teléfonos personales, muñequitos de loza, equecos de la suerte, lectores de tarot, de pruebas de personalidad, oráculos de diversos tipos, vendedores de paisajes kitsh pintados en discos de vinilo de Pedro Vargas o Jorge Negrete, también de Ray Coniff, Connie Francis, Gilbert Becaud y otros, juguetitos pequeños para niños, agujas e hilos, cintas, plantas, colgajos de macramé, amuletos, colgantes que emiten perfumes pasosos para el automóvil, botines de guagua (bebé), cuellos de polard, pantaletas de lycra, en fin, más.

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Desafíos

En la estación San Francisco a veces, dependiendo de la hora en que llegara, Kaya encontró al flaquito que tocaba muy tieso el acordeón, a la negra que sin saber por qué, creía que era haitiana, aunque todos los parroquianos del lugar aseguraban que era de La Martinica y que hacía unas joyas de artesanía hermosas con trocitos muy pequeños y pulidos de botellas de vidrio, que iba quebrando con un alicate pequeñito, a la pareja que tocaba a dúo una trompa y un oboe, piezas cojas de jazz, al ciego que acompañaba con su violín a la joven que cantaba el brindis de Violetta en la Traviata, sin un Alfredo y, que desafinaba en "È il gaudio dell’amore è un fior che nasce e muore, nè più si può goder". Siempre estaba el cojo que vendía caramelos de mentol fuerte y pateaba una piedrita con la muleta para no aburrirse. Kaya se preguntaba si al terminar su venta recogería la piedra y se la llevaría para usarla al día siguiente, porque siempre se distraía en lo mismo. Si era muy temprano encontraba a las gemelas que vendían sandwiches de palta y pollo o palta y jamón, que cada una voceaba de manera alternada: La de calcetas rosadas el de jamón y la de calcetas amarillas el de pollo. Nunca las vio cambiar de voz, aunque quizás lo hacían siempre, día por medio, pero también se cambiaban el color de las calcetas, porque ellas eran idénticas. Nunca faltaba el gordo inmenso, que le costaba ofrecer sus anteojos ópticos chinos, con voz acezatne: "Para descansar la vista... para leer..." decía y Kaya pensaba que su enorme gordura no lo dejaba descansar a él mismo; siempre a su lado estaba la mujer morena, obesa, aunque no tanto como él, que podría ser su madre y vendía unas bolitas de manjar blanco con avena, recubiertas de coco rallado: Tres en una bolsita. Alguna vez Kaya le compró, pero al tomar una para llevársela a la boca la noto sebosa y en su imaginación vio a la mujer, desnuda, amasando las bolitas sobre su vientre, en las axilas, en las nalgas, en los pechos o en los muslos, mientras cantaba canciones tropicales y de rap. Había un viejo, ciego, vestido muy raído, alrededor del cual correteaba un niño, que había de ser su lazarillo, con los mocos colgando que jugaba con un perrito sucio y ordinario que el ciego llevaba atado a una muñeca con una tira de trapo que alguna vez fue de colores vivos, quizás parte de un vestido de mujer, y ahora desteñido y opaco. A ratos el perrito dejaba de saltar con el niño y ladraba al flaquito de la acordeón o intentaba cazar la piedra del cojo de los caramelos. Cuando el de la acordeón terminaba su canción, entonces, tocaba un acorde de sol en fortísimo y el perrito aterrado corría a refugiarse entre las piernas del ciego. El cojo, por su parte, a veces jugaba a darle a la piedra de modo que llegara a unos pocos centímetros del alcance del perro, que corría como un loco a alcanzarla, pero al llegar al límite del trapo que lo ataba, quedaba en la mitad de un salto y rebotaba hacia atrás, provocando el regocijo del otro. Cerca de la escala que bajaba al área de servicio había unas bancas de cemento y baldosa, donde Kaya se sentaba a esperar por si veía aparecer al vejete que vendía cuentos. Cada vez que veía pasar a un viejo chico pensaba que podía ser el escritor de cuentos, pero pasaron muchos días sin que, a ninguna hora, apareciera nadie así. Cerca de su lugar de observación una mujercita muy desarrapada y casi insustancial, vendía gomitas de eucaliptus a ciento cincuenta, o dos por trescientos. Mantenía los pequeños paquetes de gomitas abrazados sobre su vientre y acomodados contra los senos, de manera que ahí le cabía una gran cantidad y decía con una voz difícil de entender "Uno ciento cincuenta dos por chrescientos lleve uno doh o chreh..." sólo al final del canto hacía una variación de la entonación para dar la sensación que gritaba. Al fin Kaya se acercó a esta mujercita y le preguntó por el cuentista.

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