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El asunto de hoy 
¡Caos!. Caos, qué palabra, qué desorden: ¿Qué?.
Hace algún tiempo, alguien no comprendía qué estaba pasando en un proceso en el que nos habíamos involucrado, e invocó al caos. Nos acusó de caóticos, dispersos, y claramente no nos comprendía a quienes impulsábamos ese proceso de supuesto caos.
Ayer veía una entrevista a un escritor de renombre, que era preguntado, y opinaba sobre el caos. "Ha de tener algún orden, el caos, que algún día llegaremos, sin duda, a conocer" decía. El entrevistador opinó, entonces: "¡Ojalá no sea demasiado tarde!, pues entiendo que el caos va en permanente aumento". Ambos rieron, con bajo nivel de sorpresa: Se daban cuenta que todo esto era casi como una gran superstición universal, casi como cuando en algunos lugares rurales de nuestra América se culpa al Trauco, a la Pincoya, o al Imbunche, de las desgracias. No se creían demasiado.
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Leyendo...
Qué es la literatura
Ahora bien; supongamos que hablamos de literatura y en especial de la obra literaria. Entonces, a poco hablar, uno se pregunta: ¿Qué es literatura? y ¿Cómo es una obra literaria?. Es que en el camino, leyendo, encontré tanta lectura que no era literaria. Por ejemplo las noticias de los diarios, un artículo médico, un eslogan publicitario, un panfleto político, una arenga y mucho más. Incluso hay ciertos escritos que parecen poemas, que simulan ensayos, que se les cree crónicas de valor literario, pero no lo son. A veces es, con cierto ingenio, fácil estructurar escritos breves que se reputan literatura:
Entre tules y noche negra
el pájaro de la luna
amenaza mi tristeza...
Soy la víctima
de tu ausencia.
Basta tener una cierta colección de palabras clave, como tules, noche, luna, pájaros, tristeza, ausencia. Ya con estas seis podemos fabricar infinidad de poemas:
La ausencia de tu ausencia
en noches sin luna
me convierten en víctima
de tanta tristeza
oculta como pájaro
en un nido de tules negros
También podemos seguir con más y más ejemplos; pero qué dicen: ¿Quizás un sentimiento? ¿Un hallazgo? ¿Es ésto literatura? No seré yo quien comprometa una última sentencia. Hay quienes lo reducen a teoría y sostienen que literatura es sólo una forma de creación lingüista. Todo lo que teje cualquier mensaje, en el sentido amplio, que importa un estímulo en el lector, es literatura. Es decir, literatura es la formulación de un lenguaje. Por este camino transitan las vanguardias y muchas academias. En la otra vereda están quienes niegan de plano esta idea. Sostienen que la literatura es una compulsión vital, inevitable para el poeta o el escritor.
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El Funeral II
Kaya se llevó el pañuelo a la nariz y aspiró profundo, intentando tal vez, por el olor, descubrir que contenía aquel nudo. O, a lo mejor, sólo quería evocar, en el aroma del pañuelo, algo del espíritu de Erre Erre. Mientras aspiraba el olor, más a género antiguo que a semillas de albahaca, pensó que éstas eran demasiado pequeñas y las que se podía palpar eran mayores, casi del tamaño de una lenteja, pero con algo más de espesor. El olor a trapo, a su vez, sólo daba cuenta del tiempo que tendría el pañuelo en el bolsillo de Erre Erre. Trató de evocar el olor propio del viejo y no pudo. Se dijo que quizás si oliera a rabanitos, y sonrió en un paréntesis culpable de su pena insondable. Sin darse cuenta se sorprendió pensando en que ya no lo llamaba Rrrrabanito, sino Erre Erre. Trató de explicarse por qué. Recordó que la primera vez que le había dicho así, había sido como una forma despectiva para rechazar su relación con Carmen. Sin embargo después, aunque lo había perdonado, le había seguido diciendo Erre Erre. "Tal vez sea que este nombre resulte más viril. Más propio de un hombre que sabe traicionar y abandonar. De alguien por el que se debe luchar, mientras que Rrrrabanito sí es una interjección y una interjección de niño, nacida en su niñez y reflejaba la debilidad de un niño al que se debe proteger". Pensó, entonces, que lo había conocido Rrrrabanito, que era un viejito desvalido que no era capaz de comprarse un boleto de metro, digno de aquel nombre o interjección de cuento infantil, pero de a poco se había convertido en un hombre lleno de misterios y magias, capaz de enfrentar por ella al albañil, mucho más joven y potente. Se había transformado en Drosselmeyer del Cascanueces, en Rothbart del Lago de los cisnes, en Sigfrido, y en todos los héroes mágicos de los ballet. También había sido de carne y hueso al caerse en el parque y al convertirse en un traidor con Carmen. En esta traición, finalmente, había demostrado ser un hombre entero, deseable, digno de lucha más que de sueños mágicos y se preguntó donde habría escrito esto el albañil. En ese instante pensó que cuando al fin habían vencido, todo había terminado y se dio cuenta que el albañil no estaba aquí: No había venido al funeral de su amigo enemigo, a acompañar a su desgraciada soñadora enemiga amiga. Pero Carmen, con su hablar medio silencioso, medio a medias, sí había venido.
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El Nudo
Treshkaya volvió a su casa satisfecha de lo obrado. Se sentó en su cama y le dijo a su hijo, después de acariciarlo a través de su vientre con el pañuelo: "Mi querido Rabanito, ahora recibirás, al fin, la herencia de tu padre", y comenzó una lucha intensa y difícil con el nudo gordiano del centro. Es muy posible que el tiempo lo hubiera asentado, apretándolo. También es posible que el llanto de tantas penas de la bailarina haya contribuido a endurecerlo. No se podría descartar, tampoco, que el sentido de culpa, no del todo disipado por el permiso del viejo, dificultara la tarea de la bailarina. El temor a lo que podría encontrar ahí es, a la vez, un factor que habrá jugado a favor del nudo. Mientras lo manipulaba, casi sin éxito, pensaba que las semillas podían ser un anuncio de la nueva vida que estaba escrita en el destino del anciano. Se preguntó, de ser así: ¿Por qué tres semillas? ¿Cómo podría ella haber engendrado tres hijos y no saberlo? Se vio a sí misma con tres niños en los brazos, turnándolos en sus pechos, aunque la mujer de sus imágenes no era ella misma, sino alguna mujer ancestral, igual a ella, pero que vestía como hace dos siglos, vestidos largos, llenos de pliegues, de color castaño oscuro. El pelo recogido sobre la nuca dejaba escapar, con cierto descuido, algunos rizos que caían sobre el cuello. Se preguntó por qué se veía así, a sí misma y por qué estaba sentada en una silla de balancín de mimbre. Frente a ella había un brasero ceniciento, donde entreverado en el gris, aún se veía el brillo rojizo de las últimas brasas incandescentes. A su izquierda una alta ventana con los postigos abiertos dejaba pasar la luz decadente de la tarde ya muerta. Pensó que aquella imagen adolecía de una soledad atroz y que a pesar del brasero y los muchos ropajes de uso en aquella época, entre chales, faldas, vestidos, miriñaques, corpiños, refajos, calzones, bombachas, enaguas, sostenes, habría un frío que primero congelaba el alma y después el corazón. Quizás si aquellas tres criaturas sorbían de su pecho, porque sin ser ella misma, sí lo era de algún modo, el calor vital, dejándola helada.
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